
Re-interpretación de una viñeta del Maestro Ibañez.Creo que será el epitafio para esta Europa nuestra que se nos va. Poseída por políticos venenosos más preocupados por estar que por hacer de los que
buenos malos ejemplos tenemos en este país. Y por citar sólo a dos, uno de cada bando, allí se presenta ante los micrófonos un tal José Blanco, del Partido Socialista Obrero Español, con su venenosos ojos semi-cerrados. Y acá, frente a frente, Esteban González-Pons, del Partido Popular, con su sonrisa maliciosa y su siempre dispuesta batería de amargos calificativos.
Blanco y González-Pons son los arquetipos del político a la contra, de la política de guerrilla, del cuerpo a cuerpo marrullero. Es la política que vive de espaldas a la realidad social, antes preocupada por vencer que por resolver, por ocupar cargos que por remar a favor de los que necesitan y los necesitan. Pero no son los únicos. Me fijo en ellos porque interpretan a la perfección los arquetipos del político rastrero, amante del tono zafio y el argumento sucio, populista, polarizador antes que integrador.
España se posiciona a la cabeza del desempleo europeo y la diferencia entre clases sociales, entre ricos y pobres, se vuelve extrema, sólo superada por Rumanía, Letonia y Estonia. Las clases medias, tradicionalmente las sustentadoras de los sistemas económicos de la Europa capitalista, se empobrecen en nuestro país a pasos agigantados. El paro juvenil, en menores de 25 años, roza el 44%.
Italia, al borde de la catástrofe, otro país latino con el que pudiéramos pensar que compartimos mucho, pone sus cifras en la mesa, un 8,3% de paro, un 29% de paro juvenil, batiendo su propio récord, eso sí. El promedio de desempleo joven europeo ronda el 20%, con porcentaje estirado, sin duda alguna, gracias al valor extremo español (la tasa de paro ronda ya el 10%). Así que no, ni con Italia podemos compararnos. Salvo en poseer, como ellos, a esa clase política venenosa. A ese
mal necesario. Al verdadero cáncer de una democracia sobada y vilipendiada.
Grecia, tal vez podríamos compararnos con el maltrecho país heleno si no fuera porque su tasa de desempleo en septiembre de 2011 era del 16% y del 33% en jóvenes de 29 años o menos. ¡Uy! ¡Qué sorpresa! Y todavía nuestras filas políticas critican a Papandreu por querer someter a decisión popular, al ejercicio siempre sano de las urnas, si su país quiere asumir o no una extrema política de recortes y despidos masivos promovida por unos políticos, allende sus fronteras, más preocupados por sus propias y personales posiciones internas que por la supervivencia de la idea de una Europa integrada y unida.
A España la matan entre todos, entre los de un extremo y el otro, entre los de un color y sus contrarios, entre los del suéter Lacoste y los perroflautas, entre los banqueros y los líderes sindicalistas. Todos siguiendo la estela de los políticos venenosos.
Todos tirando de la punta de una cuerda a punto de romper, queriendo rebañar del fondo del caldero, rascar las últimas migajas que quedan de la economía del ladrillo, ahora que sus ideólogos están bien situados en fundaciones financiadas con fondos públicos y destinadas a crear idearios políticos de mal gusto, o en paraísos salariales cuyo fin no es otro que cobijar a los incompetentes en puestos etiquetados como
asesores eléctricos. A ellos poco preocupan los desahucios ni el ya perdido mileurismo, convertido ahora en una ilusión de lo que fue y no pudimos mejorar. Mucho menos una nación que ya casi murió. Una nación y una Europa a la que todos mataron.